Leonor Calvera

El género mujer
1982 - Editorial de Belgrano

Reseña
Estudio valioso: El género mujer
La Nación 17/10/1982 

La polémica abierta en las últimas décadas acerca del feminismo, ensalzado e impugnado al mismo tiempo, convertido en bandera política y en estandarte de reivindicaciones, haIla en este libro no ya un superficial alegato en su favor sino un conjunto de' argumentos 'científicos y de antecedentes históricos que lo justifican.

Los clásicos interrogantes que se formulan a propósito del llamado sexo débil están considerados por la autora en lo que constituye la parte sustancial de su obra.

Es así como se indaga en las esencias mismas del fenómeno cultural, relacionándolo con el proceso biológico en sus diversas etapas. Y en forma correlativa se analiza la interdependencia de los sexos en el seno de la comunidad, se investiga la profunda significación de los elementos que las diferencian simultáneamente la viabilidad de alteraciones en los mismos. Como planteo inseparable del estudio de los puntos mencionados debe juzgarse la hipótesis vinculada con una realidad sociológica de igualdad para ambos sexos.

En última instancia es la tesis de la postergación social de la mujer la resultante de la minuciosa pesquisa que Leonor Calvera lleva a efecto para llegar a tal conclusión la investigadora retrocede hasta la concepción alegórica de la Gran Madre y las más antiguas formulaciones legales, y luego avanza, paso a paso, en sistemático buceo, hasta penetrar en los complejos meandros del psicoanálisis contemporáneo.
Un escrupuloso equilibrio caracteriza este estudio en el que no sólo se ponen de relieve los rezagamientos y dependencias de la condición femenina sino también las limitaciones artificiales que afectan la personalidad masculina, por obra de circunstancias y prejuicios históricos.
Las falencias íntimas perceptibles en ambos sexos los han llevado indistintamente a apelar a recursos que, a juicio de la autora, hace peligrar el principio mismo de la vida. Este riesgo sería conjurable, con vistas al futuro, si se practicara una renovada y rigurosa evaluación de 101 factores de diversa índole que han determinado la alarmante situación actual.
Leonor Calvera proclama la necesidad imperiosa de devolver a la función educativa y al ejercicio de una irrestricta libertad un papel gravitante. He aquí, a su entender, el camino que conducirá, por la "fusión de los opuestos", hacia "el descubrimiento del ente... Uno-si n-segundo, Dios-Brahma, Principio último y primero..... en el que "se proyectan nuestros ideales y esperanzas". (423 páginas).


Reseña de
Liliana Heker
Clarín - 11/11/1982

Como trabajo recopilador y ordenador, El género mujer constituye una obra valiosa y desmitificadora. La vastedad de temas -la mujer desde el punto de vista histórico, mítico, biológico, psicológico; sexualidad femenina, prostitución' lesbianismo, brujería, maternidad, entre otros- más la profusión y el acierto de las referencias, la inteligencia de ciertas interpretaciones parciales y la audacia de los planteos convierten a este libro en un verdadero aporte a la concientización de la mujer. Vale decir: implícitamente esta obra (como todo texto que le' proporciona un mayor conocimiento de sí misma) apunta a la libertad de la mujer de elegir con lucidez su propio destino.
Explícitamente, en cambio, el libro impone un destino. Su esquemática ideología da la impresión de estar fundada más en el enfrentamiento al varón que en el análisis de nuestra compleja realidad actual.

"la creación de la mujer", grabado del "Speculum Solub", edición de Zainer.

Leonor Calvera parece pretender que se puede aislar químicamente al hombre genérico y la mujer genérica en la actualidad y someterlos a una simplificación maniquea --opresor-oprimida- sin traicionar la totalidad del contexto social. Se lamenta de que una proletaria vea "en la burguesa su poder económico opresor antes que su condición de sometida a la jerarquía masculina" y que' algo equivalente ocurra con la burguesa respecto de la proletaria. "Las contradicciones secundarias (sic: se refiere a las contradicciones de clase) se elevan como diques poderosos que cortan el paso a la corriente de la solidaridad." El esquema hombre opresor / mujer-oprimida aparece como una fórmula mágica, sin matices, capaz de absorber o desvalorizar cualquier otro sistema de opresión: al menos,  en lo que concierne a las mujeres.
En efecto, la autora señala que la Revolución Francesa, la Comuna de Paris, los movimientos obreros de la Revolución Industrial, la Revolución Soviética y la Revolución China acabaron traicionando a la mujer (otra simplificación falaz). La conclusión es sencilla: la mujer debe desentenderse de todo cambio histórico: solo le corresponde militar en las filas del feminismo y luchar por sus propios derechos.
En efecto, en este libro se hace una abstracción total de las condiciones particulares de nuestro país, de su economía subdesarrollada, de las condiciones infrahumanas en que vive buena parte de los argentinos: se hace de cuenta que ya estamos en un país desarrollado o bajo un régimen socialista (decidir cuál sistema es más conveniente tampoco parece ser problema de la autora) y se reclaman medidas para perfeccionar ese país utópico cuyo poder ejercen los hombres.
El esquema opresor oprimida se mantiene indiscriminadamente en el orden social (sin que se analicen los factores de opresión, ni la factibilidad de que las mujeres se liberen socialmente en un pais cuyos habitantes, hombres y mujeres, no pueden desarrollarse como individuos libres), en el orden cultural (sin que se advierta con cierta ecuanimidad que tanto hombres como mujeres están condicionados a un esquema de vida y que no es tarea fácil ni para unos ni para otras renunciar a ese esquema) y también en el orden sexual.
"Preguntar sobre el origen de la opresión femenina puede llegar a ser una pregunta capciosa puesto que podría inducir a respuestas que fijaran su continuación en el tiempo" (pag. 377). ¿Por qué una pregunta capciosa? Diríamos que es la pregunta que toda mujer lúcida debe formularse. De la respuesta que se dé saldrá sin duda una imagen mucho menos esquemática, más contradictoria de lo que podría pretender un feminismo maniqueo.
Pero sólo a partir de un conocimiento complejo de si misma, de sus contradicciones, de su mala fe, de su relación con los otros, podrá una mujer elaborar sus condiciones de existencia en la sociedad. Y asumir, a partir de alli, su propio destino.


Reseña de

Hebe N. Campanella
Letras de Buenos Aires, Año 2 - Nº 9 - Abril 1983

Este libro de Leonor Calvera viene a llenar un vacío en la ensayistica argentina. Es una radiografía de ese complejo ser humano llamado mujer, que va más allá, en sus conclusiones, de aquel estudio vasto y minucioso que Simone de Beauvoir hiciera sobre sus congéneres hacia 1945 y que tituló El segundo sexo. Aunque las apreciaciones de Leonor Calvera en algunos aspectos descriptivos del problema femenino resultan un tanto esquemáticas, en comparación con las de Simone de Beauvoir que, en ocasiones a fuerza de acumular experiencias científicas o seudocientíficas peca de reiterativa, la autora argentina pretende lanzar una propuesta que trascienda el plano natural, e instaurar, o quizá reinstaurar -a partir de una detallada "plataforma de metas"- una relación de orden cósmico: "De la fusión de los opuestos tal vez nazca el ser [...]". Formulación óntica que avanza -como la misma Leonor Calvera lo ha manifestado- sobre la teoria de lo femenino de la escritora francesa, demasiado encerrada en su posición existencialista. Sin embargo, a mi entender, aquel objetivo aparece más como una aspiración lírica que como el real corolario de los planteos que llenan las cuatrocientas páginas del libro.
Las falencias de ambos sexos, que la autora denuncia, son sin duda las que paradojalmente la conducen a cerrar la obra como una afirmación de totalidad excesivamente optimista, fruto tal vez de un desesperado esfuerzo por salvar el principio mismo de la vida, amenazado por reacciones contrarias de signo absoluto y radical. Es válida, en cambio, como alegato serio que se afirma en una rigurosa indagación de los fenómenos culturales, su declaración del postergado estado social de la mujer y de la necesidad imperiosa de realizar una nueva evaluación de los roles -Simone de Beauvoir habla de situaciones- que el decurso histórico asignó a ambos sexos. Alegato, tesis, que apunta a la revalorización equitativa de lo femenino como sujeto, y a terminar definitivamente con "el nexo reproducción-producción", correlativo "del eje sexualidad-economía".
Ernbarcada en esa finalidad reivindicatoria de la mujer, considerada como mero objeto-erótico, y buscando ampliar su papel en la comunidad, Leonor Calvera no se queda en la superficie de la querella que en los últimos años han entablado feministas y antifeministas, si no que se remonta hasta la concepción mítica de la Gran Madre, tratando de encontrar el punto de partida y las causas de la organización patriarcal o falocrática que, en su concepto, aún domina la sociedad y relega al segundo sexo. Así, en la primera parte del libro, se pasa revista a los mitos del hombre arcaico y a los sucesivos peldaños que lo van llevando desde su unión inicial con el cosmos -presente perpetuo- hacia su separación de los datos sensoriales inmediatos, la intuición del tiempo y su ruptura, la muerte. Paralelamente el culto de la Gran Madre se fragmentará en un panteón de dioses en el que va a corresponder la jerarquía más alta a los dioses masculinos. En esta apreciación del pasado prehistórico sería deseable un procedimiento de menor rigor de síntesis, ya que al lector no alerta a estos temas puede resultarle poco claro, y hasta algo incoherente, el diseño de las etapas que llevan desde la alegoría de la Diosa Madre y el papel demiúrgico de la mujer, a la "cultura de la mirada". Y es aquí donde, precisamente, la escritora sitúa "el pasaje definitivo de un espacio homogéneo e indiferenciado, maternal, a un espacio jerarquizado, heterogéneo, patriarcal"; iniciación, según su teoría, de la "larga noche de la mujer".

Con igual solidez y erudición, y ahora más prolijamente, Leonor Calvera sigue, en la segunda parte, el "eco histórico" de aquella caída matriarcal a lo largo de las distintas religiones orientales y culturas de Occidente. El capítulo final, en esta aguda visión del desarrollo histórico de la humanidad, ofrece el panorama de los movimientos feministas -incluso en nuestro país--, y a través de él la autora se muestra decididamente crítica frente a los estudios freudianos sobre la mujer, a la que el científico casi convierte en un eunuco al complicar y empequeñecer su sexualidad, según conceptos textuales. También se manifiesta dura en la crítica al marxismo y a los sistemas socialistas que, con excepción de algunos nombres aislados como el de Fourier o el de Considerant, mantuvieron al segundo sexo en una situación subalterna, no obstante las reiteradas promesas de liberación.

Por fin, en la última parte, "Hoy y el futuro", donde se estudia el problema desde distintos enfoques -biológico, sicológico, laboral, jurídico- con seriedad no exenta de audacia, la autora propone una "estrategia" en todos esos planos, estrategia que indudablemente es osada y discutible por lo que tiene de revulsivo, sobre todo en los niveles religioso y familiar. En suma, un libro denso, basado en el estudio reflexivo, a veces científico, de la dialéctica varón-mujer a través de los siglos, y con una optimista visión prospectiva, osada y polémica, de la completa liberación del "género femenino". En esta visión quizá sólo quede postergado el amor fecundo.


Reseña de

Laura H. Quinteros
Señales - Revista bibliográfica
Nº 184 - Fascículo 2

Con el propósito encomiable de responder a tantos interrogantes acerca de la condición femenina, que la propia mujer se formula en esta segunda -podriamos decir- toma de conciencia acerca de su identidad, la autora remonta el hilo de los mitos, la historia, la tradición, la cultura en fin, desbrozando el camino para la reflexión.
Este libro no es un alegato feminista de corte reivindicador que pretenda ensalzar la figura femenina en detrimento de su complementaria, sino una serie de argumentos de diversa índole y peso que fundamentan una actitud critica y fecunda. Pero sólo será posible modificar una actitud si obtenemos una información pertinente y/o arribamos a una experiencia correctora, condiciones ambas que L.Calvera crea a través de su obra tomando la palabra para ayudar a develar ese ser silencioso en que se ha convertido la mujer. La postergación social de la mujer, formulada como tesis por la autora, constituye el pivote de toda su investigación, de modo que la lectura de todos los hechos que trae a luz la hace desde esa perspectiva y, pese a que no agota la significación de los mismos, el horizonte va despejándose en ese intento de develamiento del género femenino.
El libro consta de tres partes. En la primera son los mitos mesopotámicos los que atraen la atención de la autora. En la segunda recorre la historia hasta el momento presente, y en la tercera nos presenta un análisis de la condición femenina en todos sus aspectos (biología, educación, .maternidad, .prostitución, trabajo y profesiones, etc.)  y su proyeccíón en el futuro, más deseado que real, pero como una aspiración siempre válida.
Es mérito de la autora el equilibrio en el tratamiento relacional del tema, ya que no aisla al varón convirtiéndolo en enemigo, y así auspicia una diferenciación -proceso ineludible de la identidad- que, simultáneamente con la integración, constituirá las bases de una sociedad fecunda. Conocida la máxima separación, ya no importará confundirse en un acercamiento máximo. Unicamente de allí podría emerger un nuevo ser, con formas de vida largamente deseadas, un nuevo mundo.. .donde el yo se amalgame con el nosotros en un armónico feliz en que se distingan todavía los ecos del yo.


Reseña

---nos cuentan cómo tuvimos voz y voto
Tiempo Argentino - 29/10/1983

En El género mujer, Leonor Calvera relata las luchas de las argentinas por obtener el derecho a elegir a sus gobernantes.
El derecho a votar en nuestro país también estuvo precedido de un largo período de brega y desencantos.
La condición de la mujer argentina a principios de siglo era de una definitiva subalternización. Las leyes, basadas en el derecho romano, seguían a éste con bastante fidelidad en lo referente a la mujer. Esta se definía' en lo civil por sus incapacidades: no podía tener bienes propios, ni siquiera los conseguidos por su trabajo personal; no podía suscribir documentos públicos en calidad de testigo; no podía querellar ante los tribunales. Sujeta al padre o al marido, su autorización le era precisa hasta para tener una cuenta de ahorros.
La diferencia de clases, muy acentuada, escindía a las mujeres. Por un lado, la dama prolífica y decorativa que acompañaba a su marido a Europa "pero convenientemente rodeada de niños y servidumbre, como para que a menudo tuviera que quedarse en el hotel mientras él se dedicaba al teatro, la literatura y amistades costosas" , como alguna vez afirmó Frida Schultz de Mantovani.
Por otra parte, el grueso de las mujeres que debían elegir entre ser amas de casa o lavanderas, costureras, planchadoras, cigarreras o, a partir de Juana Manso, dedicarse al campo educativo. La mujer del interior padecía todo ello, pero acentuado por el constante abandono del varón. "El hogar no era un hábitat, un punto de llegada y de partida. En ese- vivir la mujer se quedó. Y el hombre continuó su marcha solo"; en un deambular perpetuo hilvanado de reyertas, de prisiones y trabajos que acabó por convertir al varón casi en una figura huyente, ese "Don Segundo Sombra" al que apenas vemos aparecer.
Las pésimas condiciones reservadas a la mano de obra femenina que, según el censo el ba al veintidós..por ciento de la población trabajadora, hizo que la punta de lanza de las reivindicaciones feministas partiera del análisis económico facilitado por el socialismo. En 1903 Fenia Cherkoff y Magdalena Rosetti fundan la "Unión Gremial Femenina". Su labor inmediata es una campaña de agitación en favor de un día de descanso semanal para las cocineras y la presentación, junto con la "Federación de Dependientes de Comercio" , de una demanda por la ley de la silla. El ''Centro Feminista Socialista", por su parte, le brinda amplio apoyo al proyecto de la ley de protección al trabajo de las mujeres y los niños en las fábricas, presentado en 1903 por una de sus miembros, la señora de Coni. Proyecto que es sancionado en 1907.
Proliferan las agrupaciones y centros feministas, perfilándose una doble circulación: la que toma a la mujer como integrante de la fuerza de trabajo y busca mejorar su situación existencial y otra, más clasista, que pone el acento en el logro de los derechos políticos. Se suceden así el "Centro de Universitarias Argentinas", fundado por Sara Justo, primera doctora argentina en odontología, y el' 'Centro Feminista", con la dirección de Elvira Rawson de Dellepiane. En .1911 esta agrupación se transforma en el "Centro Juana Manuela Gorriti", nombre que recibe en honor de las mujeres de la Independencia. Surge también la "Liga Feminista Nacional de la República Argentina" bajo la dirección de María Abella de Ramírez, agrupación afiliada a la "Alianza Internacional para el Sufragio de la Mujer".
La doctora Julieta Lanteri Renshaw se convierte en la figura más destacada del "Primer Centro Feminista del Libre Pensamiento". Más adelante, aprovechando el alboroto que ocasiona su pedido de ciudadanía a las autoridades -puesto que el derecho de optar a la ciudadanía les estaba vedado a las mujeres- se lanza a la creación del "Partido Feminista Nacional' , , del que ella se presentará como única candidata en las elecciones de 1920, 1924 Y 1926. Tan batalladora como ella, pero en un estilo diferente, la doctora Elvira Rawson de Dellepiane funda en 1906 la "Asociación por los Derechos de la Mujer" en cuya inauguración demuestra su sentido de justicia y su impaciencia, aun con las mujeres, al declarar: "Nosotras, en una tierra pródiga y libre, hemos soportado mansamente las cadenas con que códigos y prejuicios limitan nuestra acción y humillan nuestra dignidad de seres conscientes." También en 1906 se celebra el "Primer Congreso Internacional del Libre Pensamiento" en que María Abella de Ramírez presenta un "Programa mínimo de reivindicaciones femeninas" que iban de la igualdad de educación para ambos sexos hasta la necesidad de. reglamentar la prostitución o el libre divorcio sin averiguación de causa. Asimismo, se ocupaba del menor pidiendo la igualdad de los hijos ante la ley y el ejercicio de la patria potestad indistinta para ambos progenitores. De todas maneras se detenía en el umbral de lo verdaderamente liberador, al no cuestionar los roles sexistas, dejando una vez más a la madre el deber de cuidar los hijos y al padre de mantenerlos.
El Centenario de la Revolución de Mayo sirve de pretexto para organizar dos Congresos. Uno, a cargo de modosas y poco esclarecidas señoras, que recibe el nombre de "Congreso patriótico y Exposición del Centenario", encuentra que pertenece al orden natural que las mujeres carezcan de derechos cívicos.
El segundo, organizado por la "Asociación de Universitarias Argentinas" y un grupo de militantes, llevó el nombre de "Primer Congreso Feminista Internacional de la República Argentina". Las ponencias presentadas abarcaron una amplia gama de temas que se extendía de los trabajos científicos a la activa preocupación por las modificaciones legales, que incluían el divorcio, la igualdad de salarios por igual trabajo para ambos sexos, la ley de la silla y el acceso femenino a las urnas electorales. La tendencia moderada del feminismo dio su apoyo incondicional al Congreso.
Contempla 1911 el nacimiento de la "Liga para los Derechos de la Mujer y el Niño" .
Una vez más la mujer es equiparada al niño en su minoría de edad civil. Para las obligaciones, para los castigos, para las sanciones, es tan adulta como cualquier señor maduro.
Los derechos, en cambio, le son retaceados equiparándola a hijo cuya educación, contradictoriamente, 'tiene en sus manos. A uno y otra, sin embargo, se le conceden los derechos de protección. Protección de un varón frente a otro, protección sustituta de la responsabilidad individual. Irónicamente, las leyes protectoras usan por disfraz aquello que hurtan: la autonomía femenina, su libre andar por el mundo.
El camino de Buenos Aires fue conocido durante largo tiempo como el camino de la prostitución. La doctora Petrona Eyle, atenta a esta forma del sometimiento de la mujer, fundó y sostuvo durante mucho tiempo la "Liga contra la trata de blancas". No c1amabá sola contra esta injusticia; el "Centro Socialista Feminista" tenía entre sus prédicas constantes la propaganda contra la prostitución y la trata de blancas. Del socialismo se desprendió también otro organismo cuyo eje era la temática femenina: la "Unión Feminista Nacional", que agrupaba a diversas comisiones y asociaciones dependientes de aquél. La nota, tal vez pintoresca, de esta agrupación, fue organizar en 1920 un simulacro de elecciones, coincidentemente con las nacionales y toleradas por los poderes públicos. Se pretendía demostrar así la capacidad y la disciplina de la mujer para poner su voto en las urnas. El comportamiento de este nuevo electorado fue impecable; el resultado, favorable al partido organizador.
Tres años de diferencia separan a dos Congresos que tienen al niño por factor movilizante. El "Primer Congreso Americano del Niño" se celebra en 1913 y el "Primer Congreso Internacional" en 1916. En ellos vuelve a aparecer el nexo mujer-niño, esta vez traspuestos los términos. Se tratan diversos aspectos de ese conjunto que deriva su situación conflictiva de la misoginia usurpadora masculina. El trabajo infantil y el materno, el reposo de las obreras embarazadas, la protección a la maternidad, la educación, son tópicos que aparecen considerados por nombres tales como el de Alfredo Palacios o Del Valle Iberlucea, que atestiguan la seriedad con que fue encarado el Congreso. Como es obvio en una sociedad clasista y jerárquica, los sujetos principales no aparecen representados por testimonios propios en el foro donde se debate su situación. De todas maneras, el tema interesaba y se pusieron en él muchos afanes, buenas intenciones y luchas que no resultaron vanas: en 1924 ve la luz una legislación -"Del trabajo de las mujeres y de los menores" - que atenuaría en cierta medida la condición de explotadas de las obreras y de los niños.
Una década más tarde se obtienen, entre otras mejoras, los derechos de las empleadas en trance de ser madres, el seguro de maternidad y el régimen de licencias, sin importar el estado civil de la mujer.
Los años que siguieron a la revolución del 30, época de cambios, de crisis, de una nueva sensibilidad social, ve florecer a las mujeres en el teatro, la literatura, el arte en general. En otros estratos, obreras y empleadas continúan carentes de respaldo sindical, siendo su formación rudimentaria. Las profesiones siguen constituyendo cotos casi exclusivamente masculinos. La inquietud por los derechos políticos está en el aire, pero casi no toma formas concretas. La excepción la constituyen la "Asociación Argentina del Sufragio Femenino", nacida en la década del 30 junto con la de "Damas Patricias" que tendían al mismo objetivo y que logran boletas de adhesión en número de cien mil. De todos modos, su acción, sin amplitud de miras, centrada en el sufragio, no reviste una importancia significativa o especial.
Después de un largo período de inactividad, al que en parte fueron obligadas por las circunstancias sociales, las viejas militantes vuelven a la lucha. Reunidas en 1945 en la "Asociación Pro Sufragio Femenino", su interés inmediato, único, es conseguir que se reconozca la calidad de ciudadana de la mujer al otorgarle el derecho a elegir autoridades. Sin embargo, el voto, logrado finalmente en 1947, no será efecto inmediato de sus esfuerzos, sino que llegará por el atajo de una figura femenina: Eva Perón, cuyas razones son claramente políticas. Organiza el primer movimiento político masivo de mujeres y relaciona sus metas con la de los trabajadores, todos puestos bajo la divisa peronista. Consigue para la mujer una legislación que la ampara en el trabajo, una planificación quinquenal que la toma en cuenta en lo social y económico y los derechos de familia que integran la Constitución Nacional de 1949.
En contrapartida, define a la mujer ubicándola definitivamente en una situación de servicio, de minusvalía psicológica, de dependencia afectiva. Se pregunta respecto de los movimientos feministas -símbolo de la esperanza femenina de ser por sí mismas- si el mejor no será "el que se entrega por amor a la causa y a la doctrina de un hombre que ha demostrado serIo en toda la extensión de la palabra". Subordinación electiva, como es la moda del siglo, pero sometimiento al fin.
y prosigue, extendiéndose en el concepto:
"Yo pienso que tal vez ningún movimiento feminista alcanzará en el mundo gloria y eternidad si no se entrega a la causa del hombre" .
En 1945, dos años antes de conseguirse, Victoria acampo había desestimado la conquista del voto proveniente de la mediación política de Eva Perón. En un discurso pronunciado en la "Asamblea Nacional de Mujeres" contra el peronismo, dijo: "Creo que la mujer argentina consciente, al no aceptar dócilmente ni siquiera la idea del voto por decreto, del voto recibido de manos del gobierno de facto, ha votado por primera vez en la historia de la vida política argentina. y ha sabido votar sin equivocarse". Las mujeres no respondieron a su incitación y aceptaron el sufragio. Se había dado un paso adelante en la obtención de los derechos civiles de la mujer.
Eva Perón, pura energía puesta a disposición de la causa del pueblo; Victoria acampo, fina sensibilidad alerta al fenómeno del arte, aun cuando rebeldes ante la marginación soportada por la mujer, tipifican con sus actitudes dos aspectos de la colonización masculina: una, al desvalorizar a su sexo cuando estima que la eternidad y la gloria sólo pueden lIegarle por la renuncia a sí mismas; la otra, cuando enjuicia la validez de una conquista por provenir de fuentes enemigas, anteponiendo así sus odios políticos a fa alegría de la obtención de un fin, específicamente femenino, por el que ella misma mucho había bregado. Los intereses de su clase social se demostraban así más fuertes que los intereses de su sexo. Dos posiciones, dos vasallajes. Contra uno, contra otro, la búsqueda de una identidad propia.”

 

 

El Género Mujer
Fernando Noy
El Porteño - 10/1982

La autora aborda en esta obra uno de los temas cuya irrupción liberadora jalona el siglo XX: la condición femenina. Con un agudo instrumento de crítica, no exento de humor, desentraña a lo largo de este extenso, dinámico y profundo análisis, diversas causas y efectos de la marginación que la mujer tuvo en la cultura. Nada queda fuera del campo de visión de la autora: ni los orígenes de la opresión sexual, ni el posible futuro de la humanidad. Con un lenguaje riguroso, proveniente de una sólida y brillante erudición, Leonor Calvera aborda sin temor ni dudas las cuestiones más diversas. Desde los mitos hasta la sexualidad contemporánea; desde la creación de los cuerpos de leyes hasta la psicología, la educación y sus fuerzas modeladoras. De imprescindible lectura para que el sexo femenino deje de ser enigma, estatua misteriosa, para convertirse en la mitad viva, creadora de la humanidad con todas sus acepciones.



Reseña

La Voz - 09/09/1982

Fue presentado en el Banco del Conocimiento el libro Género Mujer de la ensayista ¡argentina Leonor Calvera. La obra presenta un exhaustivo análisis de la condición femenina y Constituirá un excelente material de referencia para todos los interesados en el tema. Editó la Universidad de Belgrano.

 


El Género Mujer

Haydée M. Jofre Barroso
La Nueva Provincia - Bahia Blanca - 27/02/1983

Son muchas las preguntas que las mujeres se hacen sobre sí mismas, su lugar en la sociedad, sus diferencias socio-económicas con el hombre, las oportunidades de la profesionalidad, etc. Son preguntas que a veces se hacen en voz baja, temerosas; o en el recatado silencio; o en el bullanguero corrillo de mujeres descontentas; o en la apasionada reunión feminista. Pero, seamos justas, son preguntas que también se hacen los hombres, no siempre aliados de "ese adversario siempre pronto a cubrir con su manto la creación y la justicia: el silencio”.
Este antagonista permanente de la mujer -cuya especificidad relativa ha hurtado- le ha robado a la humanidad la mitad de su dimensión y sus posibilidades que, a la luz de lo que escamotea, se reviste de una culpabilidad letal." Quien esto dice es la autora de un libro de alta calidad, "El Género Mujer", es decir Leonor Calvera.
Pero también dice otras cosas, más interesantes y acertadas; más justas, también.
Partiendo de los comienzos de la herencia del hombre, esa herencia hecha con historia, con mitos, con leyendas, con tradiciones y con duras conquistas, la autora va trazando el panorama -complejo y contradictorio, a veces- de esa fuerte socia del hombre en la aventura de la vida, la impulsora de duras empresas, la imbatible guerrera de otras no menos duras campañas en pro de la justicia, de la cultura, del avance social y del arte: la mujer. Hacedora de milagros --el permanente, el eterno, el cálido milagro de la maternidad-, muchas veces, a lo largo de su historia, y de la gran historia de la humanidad, se vio segregada de una sociedad que la aceptaba a medias, relegada al papel reproductor y a la misión doméstica; sus razones biológicas se vieron convertidas en sinrazones sociales; estuvo condenada. a ser considerada diferente... y hasta en algunas oportunidades se vio convencida de ello; se vio escamoteada en sus realidades por la sociedad y la cultura. Primero, se tuvo lástima. Después se rebeló.
Enseguida adoptó la actitud de la guerra y el enfrentamiento "hasta sus últimas consecuencias, porque el hombre –“es el enemigo y hay que eliminarlo antes de que él nos elimine a nosotros" (palabras de una feminista de comienzos de siglo, Mrs. Rose Sheridan).
Hoy, se detiene a observar el problema, lo desmenuza y le busca soluciones "sin quebrantanientos. y sin tregua, que es nuestra seguridad de ser finalmente. reconocidas como lo que somos, socias del hombre en- todos sus esfuerzos, los mejores y aun los peores" (palabras de 'otra feminista, y ésta no fanática, la señorita Mariana Santillán, mejicana).
Me parece ver -o por lo menos, lo quiero ver- que Leonor Calvera se encuentra enrolada en esta corriente, seria, reflexiva, analista. En base a 'un ambicioso proyecto -sus grandes temas son "La Gran Madre", "La cultura de la mirada", "El eco histórico", "Bajo el velo", "Bajo el signo de Lilith", "Derechos y traiciones", "Las dialécticas fragmentarias", "Hoy y' el futuro", con subtemas tan oportunos como la pubertad, la iniciación sexual, prostitución y pornografía, trabajo y profesiones, o solidaridad-, del que habla claramente la rica bibliografía que enriquece el texto, ha elaborado la autora un trabajo serio, casi científico, para el que ha encontrado colaboradores en la antropología, la historia, la religión, la historia de la evolución social de los pueblos, las transformaciones culturales, la ciencia y, más modernamente, el derecho, la economía, la sociología o el psicoanálisis.
La vastedad del tema, la enjundia del trabajo, la prolija documentación examinada, declaran a favor de la autora en el sentido de su larga frecuentación, con la preocupación que la ha munido de tema. Seguramente ella debe haber dedicado muchos años y grandes esfuerzos de estudio, investigación, fichaje y encuestas -la base de un buen ensayo, por otra parte- en la misma medida que nos está revelando que esa misma tarea ha sido cumplida en lo que hace a reflexión, meditación serena y exhaustiva, y el arduo "repensamiento" de un trabajo de esta naturaleza.
Poco es lo que queda por decir; o, dicho de otra manera, poco es lo que no ha sido dicho en "El Género Mujer". Pero no se trata de cosas que pueden ser dichas de esa o diferente manera; se trata de cosas sabidas e interpretadas a la luz de una nueva concepción; o de cosas nuevas.

Ahora bien, uno tiene todo el derecho de plantearse el siguiente interrogante: ¿Es el libro enteramente objetivo e imparcial?
Sí, lo es en la medida que puede serlo una obra entregada a declarar sobre una posición dada. Leonor Calvera es testigo y participante del conflicto que protagoniza "El Género Mujer", se atiene a su propia posición y a sus propios intereses, pero lo hace con amplitud, con seriedad, evaluándolo correctamente, sin perdonar nada, ni perdonarse nada. Y así obtiene un libro que es un verdadero tratado de abierta comprensión, y de serena y modesta erudición, sobre el que habrá que volver cada vez que sea necesario adentrarse en las complejidades de la relación social hombre-mujer. Bello libro escrito bellamente, con palabra precisa para presentar ideas claras, una luminosa visión de la historia de esa relación, y una aportación firme y segura.
Un libro que, a las mujeres, nos enseña mucho sobre nosotras; y una cátedra para saber aprenderlo.

 

Reseña de
Ester Gimbernat de Fonzález
Letras femeninas - Vol. XI - 1-2
University of Northern Colorado

Es reconfortante encontrarse con libros de tan sólida erudición y profunda convicción como El género mujer de Leonor Calvera. La autora, que ha publicado un libro de poesía Mi casa en la ciudad (1975), es una de las editoras de la revista Prensa de mujeres y miembro activa de un grupo feminista de Buenos Aires. Si bien, podría parecer muy ambicioso querer compendiar en El género mujer, la presencia, incidencia y participación de la mujer a través de mitología s e historia universal, la autora afronta el compromiso y sin caer en fáciles simplificaciones, se detiene en aquellos datos y detalles que encarrilan a la lectora hacia una comprensión y toma de conciencia de aquel espacio marginal y de silencio, asignado a la mujer.
El libro se divide en tres partes. En la primera, dedicada al mito, Leonor destaca: "El mito, al establecer un precedente ejemplar, abre la posibilidad de su . repetición en sucesivas acciones o situaciones, cumpliendo una función orientadora" (p. 13), "En la apertura de una de sus múltiples hojas, aquellas unidades serán utilizadas como orientadoras conductales. En otra, inaugurarán el territorio de la metafísica. En una tercera,¡servirán de guía para contar la urdimbre básica de la sociedad de los hombres. . . por todo ello el mito. . . compone la mejor introducción a la historia genero mujer" (p. 15).
Va del Cantar de Gilgamesh a revisar el mito de alguna de las "grandes madres" como Ishtar, para mostrar cómo va transformándose la reverencia por la fecundidad femenina. La creación por la palabra destituye a la mujer de su pedestal creador.
En la segunda parte, el proceso de la historia se toma desde la antigüedad zoroástrica. Así se repasan hebreos, griegos, chinos, romanos, cristianismo, Islam, etc. en el capítulo rn. Los otros capítulos como "Bajo el wlo" y "Bajo el signo de Lilith" se refieren a la mujer y sus diversos roles en la sociedad y su relación con Eros y Thanatos, desde las brujerías hasta las versiones más actuales y científicas de Master y Johnson. La historia más reciente y su impacto en la mujer, se examina a través de los diversos frentes de lucha en Estados Unidos, Inglaterra, Francia, para concluir con la larga etapa en pro del voto femenino.
Tanto la primera, como la segunda parte, finalizan con un capítulo complejo y teórico, que obliga a re-pensar los mitos o la historia leída. Es una mirada que penetra y reorganiza, subrayando que la autora no ha seleccionado mitos o hechos históricos al azar, sino persiguiendo ciertos gesto, pautas, o avatares que no sólo suceden, sino se entretejen reflejándose, explicándose, aclarándose, enriqueciendo su valor de denuncia.
La tercera parte es lo más importante del libro. Si bien la autora dedica 190 páginas antes de entrar en su materia, es porque cree necesario este enmarque mítico e histórico para comprender de qué es producto el género mujer hoy. Sólo abarcando y comprendiendo este enmarque se puede intentar un futuro promisorio. La tercera parte, "Hoy y el futuro", se divide en dos capítulos: "Soledad" y "Solidaridad". En el primero se despliega minuciosamente y con acuciamiento un plan de concienciación. Se revisa desde biología y sexualidad femenina, hasta trabajo, poder, política, y psicología. Hay una fuerza de convencimiento en la enunciación clara que tiende a las generalizaciones. Sin embargo, la generalización no debilita, sino que avanza creando un cierto malestar al presentar un panorama demasiado familiar y cotidiano para el lector. Ese sentimiento de descubrimiento-des-protección, tiene que ver con el título, "Soledad", del capítulo. El próximo despliega la historia del movimiento feminista norteamericano, grupos, organizaciones, publicaciones, esfuerzos. Se extiende a los movimientos en Francia y Argentina.
Aunque reconoce las contraofensivas, el avance lento de los últimos años, la falta de una ideología coherente y constante en el movimiento feminista, plantea estrategias para el futuro a dos niveles de expectativa. Cubre áreas de educación, legislación, trabajo, familia, etc. con propuestas arriesgadas que no tienden a una revisión del sistema actual, es decir un reemplazo del poder masculino por el femenino, sino más bien hacia una esperanza de "una comunidad donde cada uno sea ciudadano del mundo y compatriota del hombre" (p. 413), cuando la mujer "sea la otra contemplada por entero en su integridad de máscara-persona, cuando sea protagonista de la historia al mismo título que el varón, cuando su individualidad sea aceptada en lo que de específico tiene, entonces y sólo entonces existirán los opuestos dialécticos" (p. 412).
El género mujer de Leonor Calvera se nos ofrece como una gran búsqueda en múltiples dimensiones de esas pautas que hicieron posible el desarrollo de culturas y civilizaciones en las cuales la mujer fue silenciosa y velada ciudadana de segunda. A la vez se brinda desde la denuncia deconstructiva de sus páginas una respuesta esperanzada y radical de integración.

 

 

Reseña de
Julieta Gómez Paz
La Prensa - 19/12/1982

Con diversos enfoques, partiendo de concepciones mitológicas y antiquísimos textos orientales, este ensayo aborda el trascendental problema a que apunta el titulo. Después de estudiar primitivas formas de sociedad, entra en las etapas históricas y rastrea el tema en todas las culturas.
Dedica sendos capítulos a las significaciones del "velo" y a la primera compañera de Adán, la rebelde Lilith según la literatura midrásica, madre, de una prole de demonios llamados "lilim" (a la que pertenecía sin duda el diablo que se le aparece al Herrero Miseria, en Don Segundo Sombra, a quien Giiiraldes puso significativo nombre de "Lilí".) Esta presencia es descubierta en diversas epopeyas, y en la brujería y el freudismo.
Bajo el titulo "Derechos y traiciones" ofrecen después datos sobre la situación de la mujer bajo la ley napoleónica, el socialismo, y en diferentes países hasta desembocar en los movimientos feministas de la Argentina en las primeras décadas del siglo. Reflexiones filosóficas sobre "Las dialécticas fragmentarias" cierran esta parte del libro. La tercera, bajo la denominación "Hoy y el futuro" abarca desde dos puntos de vista el género  mujer: Soledad y Solidaridad. Primero se detiene en el estudio del aspecto sexual que repercute en el trabajo, el lenguaje, la creación y la psicología y luego rcsucita las luchas feministas posteriores al 60, creadoras, al parecer, de "una ideología (que se limita a la teoría política de la relación de 'poder entre los sexos" Para Leonor Calvera el feminismo debe ofrecer una cosmovisión nueva; insta a "la lucha en todos los frentes" y formula esta hipótesis: "de la fusión de los opuestos tal vez nazca el ser que esté al término del camino" con principio último y primero donde se proyectan nuestros ideales y esperanzas".

 

Reseña de
Alina Diaconú
Somos - 20/08/1982
El genero mujer

Las misteriosas leyes del azar han querido que, días pasados, hundida en la lectura del tercer tomo del casi infinito Diario de Anaís Nin, haya subrayado (todavía prodigo esta adolescente manía), el siguiente pensamiento expresado por la autora en el año 1936: "Yo creo a veces que e[ hombre ha creado e[ arte por temor a explorar la mujer. Creo que [a mujer balbuceaba a su vez, por temor a lo que tenía que decir. Se cubría de velos y de tabúes. El hombre ha inventado una mujer que convenga a sus necesidades. Dispuso de ella, identificándola con la naturaleza".
Ese mismo día cayó en mis manos el libro de una argentina de hoy, Leonor Calvera: El género mujer, y la página se abrió sola, y mis ojos miraron solos un párrafo donde la escritora se refiere precisamente a "la dura, tajante oposición que Otto Rank le proponía a Anaís Nin: tal vez ahora puedas descubrir qué quieres ser, una mujer o una artista".
Con un rigor extremo, documentando prolijamente sus aseveraciones, la autora esclarece con una visión lúcida y personal las motivaciones de la postergación femenina.
En la primera parte del libro (La gran madre) describe el rol demiurgo de la mujer en la conciencia mítica de la arcaica Mesopotamia. En la segunda parte (El eco histórico) revela la lenta caída matriarcal y el reemplazo de la Diosa-mujer por dioses masculinos cada vez más autocráticos, con la consiguiente sumisión a la autoridad paternalista, sin dejar de explicitar el logro del voto femenino en el mundo y la parte que le corresponde a la Argentina en esta reinvindicación. En el último capítulo (Hoy y e[ futuro) se refiere concretamente a la situación femenina en la sociedad actual -sexualidad, maternidad, matrimonio, prostitución, homosexualidad, trabajo, creación, etcétera-, enumerando las diversas propuestas que plantean -a corto o mediano plazo- las que bregan por la emancipación de la mujer. Poniendo el acento en la trascendencia de la educación, en la apertura mental que debe comenzar a obrar en el interior de la mujer tras haber sido "forzosamente muda, con cinturón de castidad, vendas en los pies, velos en la cabeza y prohibiciones en la mente” Leonor Calvera aspira a una aproximación máxima entre los dos sexos.
Su crítica al pensamiento freudiano, al marxismi y a los sistemas socialistas que prometieron un mundo mejor, dándole en la práctica el rol subalterno de siempre, es dura. El cuestionamiento que propone respecto a las diversas religiones y a su concepción del papel femenino, despertará no pocas polémicas. Pero es hora de que en la Argentina podamos entrar a discutir y exhibir sin temores un pluralismo que siempre -¡siempre!- es fecundo.
Me entusiasmó el libro de Leonor Calvera porque soy mujer, porque soy escritora, porque he elegido el camino de la independencia intelectual. “El Género Mujer” es un libro exhaustivo, complejo, profundo y, como si esto fuera poco, muy bien escrito. Recomiendo el libro a toda mujer en busca de su identidad. Y lo recomiendo también a los hombres inteligentes, sensibles y con sentido autocrítico, que mucho pueden aprendeer de este ensayo sobre su compañera mujer, y sobre sí mismo.

 





Reseña de
Marta Mercader
El discurso de la cultura como usurpación del cuerpo femenino
Leído en la presentación de El género mujer en agosto de 1982

Enfrentar este notable ensayo de Leonor Calvera implica la necesidad de una especial apertura hacia la sabiduría el el conocimiento. Porque no se trata solamente de uan defensa como caracterización situacional, histórica o filosófica de la mujer sino que es una forma original, actual y significativa de entender las necesidades de evolución. Condicionamiento y desarrollo ulterior del género mujer sino de todo aquello relacionado con la totalidad del género humano.
Para ello, la autora proporciona las claves de un nuevo humanismo, una nueva ética y un nuevo estilo de vida a través de las paitas filosóficas que confluyen hacia este momento histórico y a través de las propuestas que nuestras circunstancias requieren. Y ello sólo es comparable a las que habían alcanzado ciertos sistemas filosóficos en las postrimerías de la antigüedad.
La obra  El género mujer está concebida como una estructura circular a cuyo centro convergen ideas directrices que involucran análisis antropológicos, filosóficos, religiosos y dialécticos. Estas ideas se presentan a través de un enfoque diacrónico y sincrónico quw revela siempre una constante: la disociación esencial de la mujer, su reificación, su instrumentación o, más duramente expresado, su esclavitud determinada por los sucesivos regímenes patriarcales que, en suma, propiciaron suu degradación a la condición de “objeto”.
Wate modo circular de concebir el ensayo es, asimismo, la enfatización de la metáfora lunar -símbolo femenino- que se desarrolla a todo lo largo del trabajo. Sus claroscuros sintetizan la inexistencia de los opuestos en contraposición a la imagen solar -masculina- que durante 8.000 años olvidara aquello de que el lugar más oscuro está siempre bajo la lámpara.
Esas líneas directrices fundamentan la tesis revolucionaria -compartible o no- de la última parte del libro “Hoy y el futuro”, una tesis por loo tanto ajena a convencionalismos y tabúes. Cada una de esas líneas merecería una evaluación pormenorizada, de modo tal que el deslumbramiento de un fruto nos hiciera perder la dimensión del árbol y sus raíces generadoras.
Frente a los diez años de acopio de información y a los tres de elaboración que exiigió este ensayo, preferiremos abordarlo en los aspectos que son más aprehensibles y permanentes, menos oscuros para la anunciación oral, dejando a la lectura receptiva y conciente de cada uno de ustedes, esa aotra comunicación más sustancial r intransferible.
Los aspectos que llamamos más aprehensibles son ñas huellas directas registradas por el peso de la masculinidad sobre la femineidad durante ocho milenios.
Los hitos marcados por Leonor Calvera son  a-históricos e históricos. En el primer caso, están referidos a los mitos, a las deidades femeninas preeminentes que anudan esta cadena circular, mitos paulatinamente cercenados y remplazados por otros de neto contenido masculino, sobre los cuales, por natural predisposición, nos detendremos especialmente. Los hitos históricos, por su parte, se corresponden con la implacable cronología de una deshumanización: la del género hombre. Cronología, además documentada por sus protagonistas, lo que exime a la mujer de equívocas exégesis.
Antes de sintetizar, muy escuetamente, la visión de El género mujer, de Leonor Calvera. Es insoslayable remarcar su espíritu ecuánime, su espíritu humanista, su  hálito ajeno a revanchismo, la imprescindible energía de su voz -después de tantos silencios es más que comprensible-m su apetencia de trabajar con un pensamiento con “la abolición de lo superior-inferior, de lo arriba-abajo-“ Sólo así se podrá llegar al reconocimiento “por parte del sujeto masculino respecto del yo femenino como otro tú radicalmente distinto”, pero exigiendo una reciprocidad de reconocimiento, de aceptación, para llegar al centro en el cual no existirán ya contradicciones ni se abrirán nuevas series de opuestos.

La Gran Madre

El capítulo que abre el volumen atrapa ya por los sub-títulos: La Gran Madre, es decir, el mito sobre la mujer que crearon todas la culturas y civilizaciones. Resulta interesante recordar la distinta forma que el mito asume en sensibilidades y pensamientos diversos.  Mientras que para Freud y sus seguidores adquiere caracteres individualistas o radicales, para Jung, como todos sabemos, se convierte en arquetipo: para Cassirer en símbolo y . para la antropología, en una manera de sancionar las costumbres sociales. En las palabras de Erich Froimm, suele ser un mensaje de nosotros hacia nosotros miosmos por medio del tratamiento de lo interno como si fuese un acontecimiento exterior.
Esta suerte de traslación a una sabiduría primaria ha servido a través de los siglos para iluminarnos acerca de los motivos más profundos y así lograr expresarlos. La palabra se hace total y lo particular, general. Dota de riquezas insólitas a los aconteceres de nuestro entorno, colma de significaciones a una sociedad como la actual quem aparentemente, carece de mitos y le sirve de apoyo a la imaginación en su combate contra los hechos. El mito parece otorgar las claves a una realidad que los filósofos, historiadores, psicólogos, teólogos y economistas no pueden manejar por métodos discursivos.
El mito, construido con el flujo y el reflujo de la experiencia transfigurada, compone la mejor introducción a la historia del género mujer. Es a partir de esta concepción que el ensayo que nos ocupa parte de la irrupción de lo masculino. Es con el Cantar de Gilgamesh donde aparece la figura del héroe para contraponerse a la femenina, y por eso es considerado como territorio lómote de la cultura.
La autora menciona a las diosas que fueron mito y creencia en la antigua Mesopotamia; Ishtar, Annana, Ashtar. Muchas religiones primitivas, ajenas a Sumer y Egipto, tuvieron como deidad mayor a una diosa. Los druidas y algunos pueblos célticos celebraban el advenimiento de la primavera -es decir, el fin del invierno,  la oscuridad y el frío- agasajando a la nueva estación en la imagen de una diosa.
El Cantar de Gilgamesh, ubicavle entre el quinto y el cuarto milenio antes de Cristo, es el poema sumerio donde la silueta femenina comienza a perder densidad, gravitación e importancia en el seno de la comunidad y va siendo remplazada por el ascenso de los héroes masculinos.
El poema de Gilgamesh, un descubrimiento contemporáneo que exigió descifrar la escritura cuneiforme de múltiples tabletas de arcilla,  marca -como bien lo señala Leonor Calvera- una ruptura decisiva respecto de la Gran Diosa “queen los sucesivos imperios arcaicos logró retener más atributos y poderes que ninguna otra deidad”. La Gran Diosa, la Única, Innana, la reina de todos los paóses sumerios, la reina que vigilaba el país Alto, seis milenios atrás, en la gesta de arcilla de Gilgamesh ya había sido profanada. Cuando la diosa del Cielo y de la Tierra descansa en el jardín de Suka-hituda. Es violada por éste. La diosa no pudo descubrir al mortal que la ultrajara, pero castigó a los sumerios: llenó de sangre todos los pozos, liberó vientos, tormentas y otras plagas. Doce el poema. “ Despuntó el alba, salió el sol  /  La mujer miró a su alrededor, espantada.  /  Innana miró a su alrededor, espantada.  /  Entonces la Mujer, a causa de su vagina  /  ¡cuánto mal hizo!  ( Innana, a cauda de su vagina, ¡ñp que hizo!  /  Los siervos que habían ido a buscar leña, no bebieron más que sangre.  /  Los sirvientes que fueron a llenar el balde de agua, no lo lenaron más que de sangre-“ (…)
Pero al que había abusado de lla, no lo encontró.
Las luces que iluminaron a la Gran Diosa comenzaron a extinguirse: las sombras cubrían las murallas de su templo y sólo podría permanecer allú como esposa de Anu, como consorte del dios Uranio. Dio comienzo así su disminución de poderes. Convirtiéndose en mediadora. A esto seguirá el repudio encarnado por Gilgamesh –que tiene dos tercios de dios y un tercero de hombre-quien rechazará las propuestas amorosas de Ishtar y también los dones y riquezas que le ofrece,
Así la imprecará el héroe:
“No eres sino una ruina que no da abrigo contra el mal tiempo…
Un palacio al que los héroies han saqueado…
Una sandalia quye hace tropezar a su poseedor en el camino…”
Pero detrás de estas palabras subyace, aún , el temor. Gilgamesh recuerda el poder de la diosa de convertir a sus semejantes en bestias. Aflora la memoria de la antigua Señora de los Animales que perpetuará el himno védico:
“La señora de la selva no hace mal si no se la ataca.
Se comen frutas dulces delante de ella.
Se acuesta plácidamente cerda tuyo.
Perfumada de ungüentos, olorosa,
Ella, que sin labrar tiene alimentos en abundancia,
Madre de las bestias salvajes+
Es la Señora de la Selva a la que alabo.”
Queda bien clarificado que la diosa participa de tres principios fundamentales: el principio creador, Wl hombre trama y logra la muerte de la deidad femenina. La muerte de la Gran Diosael principio destructor y el principio formalizador, representados por los hindúes en su Trimurti.

La creación por la palabra

El hombre trama y logra la muerte de la deidad femenina. La muerte de la Gran Diosa tiene que ver con la creación por la palabra., conquista que se atribuyen y ejercen los hombres. “Dios ha creado el mundo por la palabra, la mujer y su potencia creadora no son  ya necesarias”, dice Erich Fromm. El varón que reniega de su origen aparece con mayor evidencia en la cosmogonía egipcia: Tem. Espíritu divino amorfo, que reunía en sí el conjunto de las existencias futuras, mediante la Voz creó a Ra (el Sol) y se convirtió en Ra sin dejar de ser Tem. En una síntesis precisa, apunta Leonor Calvera: “La boca ha sustituido el vientre: la creación del mundo por la palabra constituye el pasaje definitivo de un espacio homogéneo, indiferenciado, maternal, a un espacio jerarquizado,, heterogéneo, patriarcal. Es el umbral de la forja de leyes que empujarán a la mujer a transitar su noche más larga…”
Una noche que tiene, como mínimo, 8.000 años: una noche apenas rayada en las postrimerías de este siglo por los resplandores intermitentes de una luna-mujer que busca avanzar en la historia, que busca conquistar un plano de igualdad humana, no colocándose frente al varón sino a su lado, en paridad de condiciones, para que de una vez por todas esta “broma” aciaga termine.
A partir del Verbo -masculino, solar- cae sobre la mujer “todo el peso de la palabra codificada”, aumenta el distanciamiento patriarcal traducido en moral y sanción divina, en una paulatina y creciente degradación social del sexo femenino. En los textos religiosos abundan ejemplos.
En el mundo helénico, salvo en Esparta, la mujer se dedica exclusivamente a criar hijos y regentear la casa. Solón fue glorificado por adquirir mujeres públicas, un modo de mantener el honor de las mujeres decentes. Por su parte, socialmente mejor consideradas, las hetairas, cortesanas de más elevada condición. Vociferaban contra la rivalidad  de los efebos, que les disputaban los favores y el dinero masculinos.
Joseph Campbell clarifica el pensamiento helénico: “ La concepción patriarcal -dice – se distingue de la anterior concepción positiva `pr colocar aparte  todas las parejas de opuestos –hombre y mujer, vida y muerte. Verdadero y falso, bueno y malo- como si fuesen absolutos en sí mismos y no meros aspectos de una más amplia entidad vital. Podemos relacionar esto con una concepción solar en cuanto opuesta a una lunar, ya que las tinieblas huyen del sol como su  opuesto, pero en la luna las tinieblas yu la luz actúan en una misma esfera.” En la luna, símbolo mítico de la mujer, de la fecundidad, de los ciclos, los opuestos no existen.
La degradación de la mujer, tan claramente ejemplificada por los hacedores de nuestra civilización occidental. Se concretó también en las demás culturas. El género mujer ejemplifica cada uno de estos estadios de subalternización.

El velo y Lilith

No queremos dejar de mencionar el pasaje dedicado al velo un el correspondiente a Lilith.
La estatua de Isis, levantada a la puerta del santuario de Tebas y Menfis, tenía el rostro velado. Bajo la estatua se leía: “Mortal alguno levantó mi velo.”
Señala Calvera que el velo ha cumplido, y aún la cumple, una doble función: impide ver. Dificulta el acceso, a la vez que cierra el paso para lo que pueda hallarse detrás. El velo tiene otras significaciones: el que llega hasta la muerte es el reverso del que clausura y custodia la protección de la vida, la membrana que el hombrre penetra en la mujer buscando el misterioso poder de la madre.. Connota, asimismo, marginalidad, negación de la identidad de la mujer, ausencia de sí misma. Y los nuevos héroes serán hijos de vírgenes: Dionisos, Apolo, Jesucristo proclamarán la victoria sobrre los padres terrenales.
El velo estará presente tanto en la prostituta hebrea como en la cabeza de la cristiana devota y será tomado también por el varón –los tuaregs- para establecer otra barrera social; proteger la boca masculina, símbolo del Verbo solar. Así la amante no podrá ya ni conocer la boca del amado.
Por su parte, la imagen de Lilith resurge a su modo en el medioevo. Como un reflujo de las deidades regidas por la luna. Asolada por pestes y pobreza, la Edad Media encuentra en las mujeres, peyorativamente denominadas “brujas”, a las depositarias de una cultura popular que ayudará a sobrevivir en las penurias y a curar las enfermedades. Esas viejas sabias serán perseguidas, acusadas alianzas con el demonio -alianzas establecidas, según los inquisidores, a través del sexo abominable. Lilith representa un principio de libertad que es necesario sofocar.
En época posterior, la irrupción de Freud tampoco logra desentrañar el misterio de la mujer. Si bien las teorías freudianas conservan grandes adeptos, es bueno recordar la derrota que connotan sus propias palabras: “Si queréis saber más sobre la femineidad, podéis consultar a lustra propia experiencia de la vida, o preguntar a los Poetas, o esperar que la ciencia pueda procurarnos informes más profundos y coherentes.”
Buenos es destacar que una civilización que estigmatiza la sexualidad -hasta la actualidad, aunque en menor grado- entorna las puertas de todo a lo que ella se refiera, que hasta hace poco no se podía referirse al sexo aun dentro del matrimonio. Y sin embargo, luego la maternidad se sacralizaba como si no fueran dos hechos conectados el uno con el otro. De semejante división esquizoide del pensamiento, ¿qué se puede aprender?
El Informe Kinsey, las investigaciones de Masters y Johnson, entre otros aportes serios, produjeron avances significativos para la valoración sexual y humana de la mujer. Estos estudios comparten, simultáneamente, un tiempoo donde aún perduran formas terribles de vejación, castración y marginalidad. Diversos movimiento sociales -pretendidamente revolucionarios- han utilizado a la mujer como instrumento de una praxis político-económica para relegarla, nuevamente, a los roles dictados por el patriarcado. Las conquistas cívicas y laborales -fragmentarias aún- son historia reciente, demasiado reciente cuando ya transcurrieron 8.000 años.
Creo, con Leonor Calvera, que la gran revolución que le está aún debida a la humanidad. Se gesta en la imagen lunar. Una revolución que busca la fusión de los opuestos. “Ambos sexos -sostiene- llevarán al apogeo a esa luna que conoció las cavidades hipogeicas. Conocida la máxima separación, ya no importará confundirse en un acercamiento máximo…para llegar a una comunidad donde cada uno sea coidadano del mundo y compatriota del hombre.” Belloo ideal..Una responsabilidad de hombres y mujeres.
Quiero recordar aquí un mito de aborígenes de la Guayana. Estaban convencidos, en los casos de eclipse, de que si la luna muriera de verdad todos los hogares se apagarían. Hombrres y mujeres se unían en expresiones de angustia. Este mito, repetido en otras culturas americanas, se complementa con una revuelta y ocultamiento de utensilios culinarios. La interpretación antropológica indica que la antipatía entre el eclipse y los enseres, puede relacionarse  coon el tema de la revuelta de los objetos contra sus amos. Mirando un poco más lejos, esa reacción primitiva ùede configurar un acto culposo, tanto del varón como de la mujer, frente a la Diosa madre. En la mujer, por haber cedido hasta en la identidad, en el hombre por haberla violentado y saqueado. El afanamiento con los enseres es una respuesta del inconsciente femenino ante su paraíso perdido, convertida ella misma en un utensilio como los que fabricara en chozas y cavernas para eslabonar su propia esclavitud.
Estamos en un mundo donde nadie es ya libre y la reconquista de un espacio armónico exige unidad. Las últimas décadas registraron algunas “estampidas” femeninas contra el varón, como el liberto que busca colgar del primer árbol a su amo. Y dado que la historia comenzó en Sumer, recordemos este milenario y risueñp adagio de esa cultura:
“Me he escapado dell toro salvaje
Para encontrarme con la caca salvaje.·
Toda la filosofía expuesta por Leonor Calvera en este denso, documentado y riguroso ensayo cuestiona, analiza y hace pensar con profundidad esa actitud.


Marta Mercader, Nelly Casas y la autora en la presentación de El género mujer.



Reseña de
Nelly Casas

Desde la oscura noche de los tiempos, la mujer está envuelta, rodeada, por un espeso velo de misterio, hechicería, sugestión. A lo largo de la historia el hombre  -y también la mujer- a través de actos distintos, persistentes, sinuosos o violentos, racionales o irracionales, trataron de arrancar ese velo. Imposible. El velo envuelve a la mujer setenta veces siete. Número infinito. La historia de la humanidad podría definirse como el intento de penetrar en lo ignoto, horadando el velo.
Hoy, no creemos en los velos. La ciencia barre con los velos. La realidad brutal los rechaza. Y  el velo se hace cada vez más sutil, más impenetrable, más multiforme, más nuevo e inoportuno, difícil de detectar.
La ciencia no logra arrancar la última capa adherida al génesis cósmico. El mito renace una y otra vez. Persiste más allá de toda evolución cultural, científica y de toda emancipación social o sexual. Diríase que el centro de gravedad del mito se encontrara en la oscuridad abismal del agua uterina. El agua, signo femenino.
Leonor Calvera intenta arrancar el velo nombrando los mitos sucesivos de la historia, uno a uno. Descubre, intuye, investiga los más remotos, arcaicos –celulares, diría. Con un instrumento de indagación…digamos, masculino: la racionalidad. Racionalidad apoyada en el rigor, saturada de imperceptible humor, absoluta independencia de juicio ante los mitos de la cultura y de la historia, de la ciencia. Y del poder. El poder, siempre presente, sojuzgante.
No sé si logra arrancar el velo, no sé si logra demistificar la fuente generadora de mitos, pero sé que arranca velos. Velos decrépitos, deformantes, paralizantes, psicodélicos. Y lo hace, repito, con rigor masculino..o sea, cpn las armas que siempre manejaron los hombres: el conocimiento, una vasta cultura, una instrumentación orgánica, precisa, una exposición coherente, en fin, un mecanismo expresivo conceptual, es decir, lo hace con esa facultad de expresar ideas tradicionalmente considerada como una peculiaridad de la mente masculina; de este modo agrega a esa construcción mítica, babilónica, que es la mujer, un nuevo enigma: ¿puede la mujer aportar un ensayo objetivo, entendible, sobre un tema tan subjetivo para ella, tan hijo de sus entrañas? Además, ¿puede ser objetiva una feminista?  Acaso. ¿no la neutralizará su propia óptica? ¿Su resentimiento?
Lo más insólito en Leonor Calvera es el hecho de que, a pesar de su óptica tridimensional. Aguda, teñida de subjetivismo intuitivo, de acerado individualismo, a pesar de su óptica femenina -si así prefieren-. Observa al hombre, a la trayectoria del hombre a lo largo de la evolución, con audaz como insólita comprensión y simpatía. Algo así como si ella hubiese sido testimonio presencial de todas las tragedias y de todos los virajes de la humanidad. Algo así como si conservara memoria del pasado de la especie, memoria del padecimiento humano a lo largo de milenios y se empeñara en ahondar en las causas primeras; en conciliar los opuestos: en mostrarnos, en el alzamiento de cada velo, las razones profundas, reales, determinantes de la existencia y de la conducta de la especie.
Descubrimos entonces que los mitos, creados por el hombre, respondieron a los diferentes miedos, a las acosantes presiones que impone la subsistencia: al eterno juego de poder y sumisión, de explotación del hombre por el hombre que impulsa el accionar de los seres humanos. Vemos cómo la creencia en la superioridad del hombre, la aceptación de sus privilegios en desmedro de los derechos de la mujer, no obedecen al capricho ni a una determinada época o casta: obedecen--- a la fatalidad de los cuerpos, es decir, a las leyes que determinan la rotación de la tierra. La fascinación de la mujer aparece entonces como reiterada, desesperada búsqueda para descifrar el infinito, el misterio de la vida y de la muerte. Leyes que nos sujetan por igual pero que Leonor Calvera se ha tomado el titánico, sutilísimo trabajo de presentar a la conciencia moderna los códigos éticos que permiten el avance de los bestial a lo humano. He aquí su mayot mérito.
Además, el valor de este estudio es el haber enfocado a la cultura universal -hecha a imagen del hombre, hecha con persistente, arcaico, renovado sesgo masculino- el de haberlo enfocado con ánimo esclarecedor, con igualdad de causas, con instrumentación idónea para una perspectiva crítica de la problemática sustancial del ser.
Leonor trata de que el enigma se descifre en términos de realidad histórica vigente, en términos de positiva posibilidad de rescate de valores en ambos sexos.  Pone sobre el tapete la problemática concreta ´-lacerante, caótica, descorazonada- del mundo de hoy para que, de una vez por todas, ña mujer deje de ser enigma favorable a los abusos o a los privilegios del más fuerte, para su mejor inserción en lo cotidiano, con o sin pareja. Y aporta nuevas pruebas de la capacidad creadora y equilibrante de la mujer. Muestra la imperiosa necesidad histórico-social de contar con su aporte activo, con, su visión inteligente. Prueba que la integración de la pareja no se da exclusivamente en el tálamo nupcial o en la unicidad del sexo sino en el plano de la cultura, cultura entendida como filtro de valores éticos la única plataforma que quizá pueda proyectamos hacia ese campo de la luz que nos permita `plasmarnos mejor para la convivencia.
Su lenguaje -el de Leonor Calvera- avanza en el cuerpo de la historia con poder cauterizante e iluminador.
Creo que El género mujer tiene una mira y la acierta¨ahondar con nuevo instrumental en el drama del género humano: rever sus dudas, sus llagas, sus paradojas, sus límites, su miseria y su grandeza para tan sólo un género humano.