Leonor Calvera

 

Historia de la gran serpiente
2000 - Editorial Vinciguerra, Buenos Aires

¿Quién o qué es la Gran Serpiente? ¿Es un personaje de existencia real o sólo producto de la fantasía del hombre, de sus miedos y necesidades? ¿Cómo se manifestó la Gran Serpiente a lo largo de lostiempos?
Leonor Calvera rastrea las respuestas a estos y otros muchos interrogantes a lo largo de los mitos, la historia, el folclore. El resultado es un libro son paralelo en torno a un misterio que arranca de épocas remotas y se sostiene hasta nuestros días.
Diosa, Satán, Lilith, Kundalini, Vampiro: he aquí algunos de los múltiples nombres que ha recibido la fabulosa Serpiente que se asoma en los albores de la civilización y nos espera en su final apocalíptico.
Obra única en su originalidad, esta Historia de la Gran Serpiente se lee como una novela e inquieta como una amenaza.

 

Reseña de Enriqueta Muñiz
Letras de Buenos Aires

Anteriores ensayos de Leonor Calvera -El género Mujer, Las fuentes del budismo, Mujeres y feminismo en la Argentina- acreditan el rigor de su investigación y la amenidad de su escritura, capaz de convertir una obra de pensamiento en una lectura que apasiona como una novela. Historia de la gran serpiente, que aparece ahora en una cuidada edición de Editorial Vinciguerra, reedita esa cualidad en la indagación de un símbolo que persiste en todas las culturas del planeta: el de la serpiente como representación de lo femenino. A través de mitologías, tradiciones, textos sagrados y múltiples referencias, Leonor Calvera rastrea esa figura primordial en sus distintas vertientes, desde el poder generador de la mujer hasta su atracción como objeto de deseo, desde su instalación como eje de la familia humana hasta sus oscuros contactos con el mundo de lo oculto. Madre, amante, pitonisa, bruja, súcubo, virgen engendradora de dioses, dispensadora de la vida y de la muerte, la mujer-serpiente emerge desde el fondo de los tiempos en los misterios sumerios, egipcios y griegos, en el paleolítico, en las cosmogonías orientales, en las sombras de la Edad Media, en los mitos americanos, en los "grandes sueños" de los aborígenes australianos.
Con apabullante erudición, sustentada en fuentes anotadas en pie de página, Leonor Calvera persigue a la sierpe elemental en sus innumerables reencarnaciones, comenzando por esa Huayrapuca calchaquí que halló en un relato de Adán Quiroga y que fue el punto de partida de un trabajo tan minucioso como fascinante.
Pero a fin de no sofocar a sus lectores entre los casi infinitos anillos de la Gran Serpiente, la autora le dio a su libro una estructura ligera, dividiendo cada capítulo en breves apartados cuyos títulos invitan irresistiblemente a proseguir la lectura: "La pérdida de la inmortalidad", "El descenso al inframundo", "Amores de ida y vuelta", "Cifra y escritura", "El arte de conjeturar".
En su itinerario investigador, Leonor Calvera inserta la figura de la serpiente en las antiguas creencias, las obras humanas, las supersticiones, el aporte psicoanalítico. Así, caben en estas páginas interrelaciones entre la serpiente y los textos bíblicos, el I Ching chino, los Vedas, el aquelarre, el vampirismo, las catedrales y las pirámides, los ritos iniciáticos, la alquimia, la práctica del yoga, el Diluvio, la Edda nórdica, la magia, el Árbol de la Vida, los ciclos esotéricos, el Apocalipsis.

Aunque a menudo se disienta en autores como René Guénon, Lévy-Strauss, Robert Graves, Joseph Campbell, Foucault, Michelet, por dar sólo algunos nombres, Leonor Calvera no busca establecer teorías rígidas sino proponer ideas, en un juego de asociaciones que genera un sinfín de nuevos derroteros para la imaginación.
Tampoco falta el aporte de las letras -se transcribe un admirable texto de Max Aub-, con su aproximación poética a uno de los temas claves de la literatura. Y tratándose de una autora que ha dedicado serios estudios a la problemática de la mujer, no podía eludirse aquí la perspectiva feminista, con el rescate de uno de los personajes más enigmáticos de la Biblia: la rebelde Lilith, primera compañera de Adán, que rehusa el sometimiento al varón y es reemplazada por Eva.
En los albores del tercer milenio, en el que la mujer se dispone a ocupar su verdadero lugar en la historia, la Gran Serpiente inicia su lento ascenso hacia sí misma hasta cerrar el círculo con la imagen que está en todas las culturas: el ofidio que se muerde la cola, el signo del infinito, con el que Leonor Calvera clausura este libro inquietante y pleno de sugerencias.

 

Serpientes y pesadillas
Marcelo Ferrando 
Atrévete. Un eco del pensamiento y la sensibilidad humanas
Marzo 2001

A partir de las recurrentes pesadillas que atormentaron a Leonor Calvera desde niña, y cuando esos sueños pasaron a ser vigilias de cuestionamientos e interrogantes sin respuesta, la autora decide de adulta encarar una investigación que le revele los más recónditos misterios del mundo de los ofidios y, sobre todo, de la Gran Serpiente. ¿Quién es ella? ¿Existe en realidad o es sólo una fantasía de los humanos como modo de canalizar sus necesidades y temores? ¿Cómo se manifestó este enigmático ser a lo largo de los tiempos? 
Rastreando esas incógnitas, Calvera arriba a un libro originalísimo y único en su género que puede ser leído como una novela que descorre el velo en torno a la Gran Serpiente que se asoma en la aurora y amenaza desde la esfera del final apocalíptico. 
Profunda y seria investigación relatada en un lenguaje adulto de exquisito estilo que ennoblece a las letras argentina, la Historia de esa Gran Serpiente profética y visionaria nos hace conocer a la primera antepasada que mostró a los hombres el maravilloso camino de la fantasía aplicada. Potencia y generadora, mujer y varón, de tierra, fuego, aire o agua, permaneció una en la diversidad. Ensueño y pesadilla, creación y ruina, amalgamados en su hierofanía: un denso velo que la separa del hombre aun cuando sea lo que a él la una. Velo que los hombres han procurado descorrer desde el mito ejemplar, por los meandros de la religión, el arte, la filosofía, hasta el tiempo actual. Un tiempo que se proyecta hacia el futuro en la incertidumbre de un Apocalipsis que regirá la Gran Serpiente. Un libro excelente.

 

Cronología de una larga tervigersación
(No siempre la serpiente tuvo la mala prensa que sufre en la actualidad)

Graciela Scheines
La Gaceta de Tucumán - 28/01/2001

La Historia de la Gran Serpiente es la cronología de una larga tergiversación. Hoy la serpiente tiene “mala prensa”, pero no siempre fue así. Por el contrario: en los albores de la Humanidad (los más antiguos hallazgos arqueológicos lo prueban) se la consideraba un ser mágico, sagrado. Es ás: en muchas mitologías es gestora (directa o indirecta) del huevo primordial del cual salieron las cosas y el mundo mismo. Con el progreso de las teologías se llegó a identificar a la mujer (principio femenino) con la serpiente. Tal como se nos explica en este libro fue la época del dominio de las diosas lunares, el matriarcado. En cierto momento los hombres se rebelaron contra ese estado de cosas e impusieron el patriarcado y los dioses solares. Como dice Leonor Calvera: “El reconocimiento biológico de la paternidad hubo de marcar una revolución en las costumbres arcaicas: el varón se declara jefe de familia, impone limitaciones a las mujeres, se hace cargo de muchas prácticas de culto.”
En mi opinión, si bien al abandonar los cultos lunares y pasar a los solares se inició una era de acumulación y violencia, llegar al Sol es una parte inevitable y necesaria de la evolución. Al principio las cosas se hicieron bien: lo solar y lo lunar coexistían y se ayudaban mutuamente.
Pero luego el dominio del varón sobre la mujer (especialmente en algunos pueblos) se fue acentuando, hasta que en el monoteísmo la mujer (y con ella la serpiente) llega a seer “el azufre”, “l símbolo del pecado y el origen de la Caída”, etcétera. El sexo femenino es “débil”, “fácilmente corrompible” y “presa de Satanás” y todo lo que ya conocemos. “La Gran Serpiente conoce la degradación, se convierte en materia despreciable. Se ignoran sus obras, se la deshonra, se masculiniza su poder. Su culto se irá extinguiendo progresivamente en tanto sus atributos y símbolos pasarán a adornar la cabeza, las manos, los pies de los ganadores.” 
Primero se la incorpora (luego de derrotada) para utilizar su prestigio.
Después se la desacredita y anatematiza (en la etapa monoteísta más avanzada). Pero, mientras más grande la condena y la esclavitud de la mujer, tanto peor para el género masculino: en el momento mismo en que cree haber triunfado se queda sin compañeras.
El que comentamos es un libro profundo y complejo. El tema de la Gran Serpiente, tal como aquí está tratado, merece algo más que una nota: requiere atentas lecturas.

 

EN TIEMPOS DE KALI YUGA
LA SOMBRA FEMENINA DEL CAOS EN
HISTORIA DE LA GRAN SERPIENTE, DE LEONOR CALVERA
por Gustavo Aritto
Ponencia presentada en el Congreso “Mujeres en las letras”

“Hay un viejo cuento sobre un astronauta que viajó al espacio y, a su regreso, le preguntaron si había estado en el cielo y había visto a Dios.
--Sí –respondió.
--¿Y cómo es Dios?
--Es negra.”

Allan Watts, Om: La sílaba sagrada

“Detrás de toda creencia hay un deseo, que es quien (sic) le da su intensidad, su persistencia, su razón de ser.”
Pablo Cazau, “La teoría del caos

El sexto poema del Tao Te King resuena como un cuenco revelador:

“El Espíritu del Valle no muere.
Se llama lo Femenino Misterioso.
La Puerta de lo Femenino Misterioso
es llamada Raíz de Cielo-y-Tierra…”

En estos versos de Lao Tse, el dinámico mosaico de las imágenes “Valle”, “Puerta” y “Raíz” cubre, presumo, con su sugestión simbólica el territorio todo de este comentario a un libro de Leonor Calvera que, fiel a sus propios códigos hermenéuticos, salió a la luz en 2000, año cargado de turbulentas ansiedades “milenaristas”. Articulando ese cosmos tan austeramente configurado por el genio taoísta (del que la autora sin duda está imbuida), nos acecha un Misterio inefable y eterno: lo que nos resignamos a aludir como “lo Femenino”. La primera línea de las “Palabras iniciales” que introducen Historia de la Gran Serpiente dice, “En mi infancia, un sueño recurrente solía atormentar mis noches”. No por azar, la línea que cierra la última página del volumen es “La Gran Serpiente de todos los tiempos, que anula la historia”. Bastaría enfrentarlas en la parataxis de los dos puntos (:) para advertir el comienzo y el final añorándose mutuamente en la oscuridad donde las propias raíces se sienten impulsadas a explorar el propio abismo jugando a buscar la propia puerta. Se trata del cóncavo eco de ese arcano infinitamente circular celebrado por Lao Tse, el bucle elusivo de lo femenino que se resiste a clausurar su forma, celoso de su misterio, que es sólo suyo. El sueño, la noche y la historia son, en cambio, como el deseo y el miedo, gracias a la mediación redentora de los arquetipos, patrimonio de todos nosotros. Entonces, el texto no es un mero catálogo enciclopédico de intrincadas hierofanías. Se trata, más bien, entiendo, de una cauta y minuciosa exploración de la verdad que guarda el “velo sagrado”, de las formas inmutables y los símbolos numínicos que existen detrás de las figuras que hacen visible su entidad psicológica, su idea, pero también los instintos y las emociones apresados por el cerrojo del inconsciente. Según comenté antes, sus páginas toman impulso en el umbral del sueño. El individuo y sus proyecciones, así como las de la sociedad, son el territorio psíquico de tendencias en disputa, no de tipos o rasgos estables. Dos aspectos del polimorfismo mítico de la imagen arquetípica SERPIENTE cautivan mi atención: i) su afinidad con cierta concepción del tiempo y la estructura del universo; y ii) su capacidad para alojar en su seno, como identidades alternativas o coexistentes, lo femenino y lo masculino. 
He encuadro este comentario en el contexto mítico de “los tiempos de kali yuga”. Según el Mahabharata (o Gran Bharata) hindú, poema épico cuya redacción se habría acometido unos trescientos años a. de C., “cuatro son las eras que reconoce la tradición hinduista: krita, treta, dwapara y kali yuga… […] en la krita yuga, sólo existían los brahamanes y que los ksatriyas o guerreros comenzaron a aparecer recién en la treta yuga. Actualmente, estamos transitando el kali yuga, el último de un ciclo de cuatro yuga omahayuga. Dos mil de estos mahayuga forman un kalpa, esto es, un día y una noche de Brahma.”. En patética coincidencia con otras escatologías como la bíblica o las hoy muy divulgadas profecías mayas que pueblan el texto del Chilam Balam y las inscripciones en la pirámide mortuoria del líder dinástico Pacal Votán, los días postreros del cíclico kali yuga, los actuales, aparecen descriptos como una época de incontrolable caos y de inexorable tribulación. El texto hindú prevé una humanidad sometida al imperio del instinto y el ego materialista, voraz y dominador. Se presagian hambrunas, fraudes, negociados, junto con la consagración de sujetos venales y ruines, capaces de vender a un Brahman por un marisco, de adulterar las relaciones sexuales y de usurpar lo ajeno. Curiosamente, la mujer no lleva, moralmente considerada, la mejor parte. Se la representa despojada de instintos valorados positivamente, asociándosela a la lujuria desenfrenada, el desprecio por el varón, a quien humilla y eclipsa (es recurrente la imagen del Sol siendo cercado y envuelto), el despilfarro y el desarreglo físico. Gobernantes y ministros de Dios corrompidos e indolentes, así como pueblos que se volverían multitudes ingobernables y faltas de toda piedad. Finalmente, la tristeza, la falta de rumbo y la acidia habrían se sellar los últimos tiempos. Pero es inherente a los sistemas inestables (sean éstos físicos, geométrico-algebraicos, psíquicos, sociales o lingüísticos) la propensión natural a desencadenar procesos de evolución aparentemente anárquicos, incontrolables e imprevisibles. Las modernas (y posmodernas) Teorías del caos nacieron de la perplejidad especulativa suscitada por fenómenos tales y de su confirmación empírica. En el comienzo de su libro Diosas, brujas y damas de la noche, de publicación más reciente, Calvera caracteriza, entre “las grandes diosas”, a Kali, deidad que encierra arquetipos de una ardua dualidad y cuyo nombre es la forma femenina de kala, “tiempo”, asociado éste a la oscuridad. Si uno de sus rostros es el de la “negra”, la “grande”, la magnánima “Madre del Mundo”, el otro nos desafía con atributos abominables: “Kali – señala Calvera citando el Mahanirvana Tantra - ‘devora toda la existencia… mastica todas las cosas existentes con sus dientes crueles’…’así como todos los colores desaparecen en el negro, así todos los nombres y formas desaparecen en ella’.” Y agrega, “Kali es el vacío, la terrible destructora que devora incluso las entrañas de Shiva… (…) La Dama de la Muerte es tan definitiva como el tiempo al que le da nombre, cuya rueda gobierna, cuya trascendencia posee”. (pág. 21) Nada yace extramuros del alma; debemos aceptar, como individuos y como sociedad, esa parte impugnada por indeseable (o acaso por demasiado deseada) de nuestra “sombra”, y el posesivo “nuestra” no es inocente: lo femenino no es una exclusividad de la mujer sino de la psiquis humana en general, y configurador del macrocosmos del que somos una sufriente síntesis. Ángela Gilardi, en un artículo titulado “El nuevo paradigma de lo femenino”, puntualiza así la cuestión de la “pérdida de lo femenino” y la necesidad de recobrarlo:
“La transición de la conciencia de lo femenino sagrado hacia una visión patriarcal y masculina de lo sagrado sacrifica y abandona lo femenino. Tanto en los hombres como en las mujeres, lo femenino se sumerge para pasar al mundo de la sombra, y desde el inconsciente emerge a través del instinto y la sensualidad, poniéndose al servicio del ego animal e identificándose exclusivamente con el cuerpo de la mujer.”
Lo cierto es que, acaso como expresión del incipiente “espíritu acuariano” de nuestros días, las civilizaciones actuales en caos se han permitido una expansión de conciencia sin precedentes registrados. Porque nuestra horripilante experiencia del kali yuga es también una instancia histórica que añora la participación holística de todos los seres y la armonización natural de todos los opuestos. Frente a posturas filosóficas harto influidas por el pesimismo nihilista y la angustia existencialista, o voces que anuncian la catástrofe de la tragedia moderna y de su “sujeto”, sus valores y sus paradigmas, otras búsquedas, enraizadas en la sabiduría ancestral y la mística no confesional, vuelven a plantear el problema del origen y el sentido, pero apelando al reconocimiento –condición sine qua non- de la naturaleza cósmica, libre y creativa del ser humano, despojado de la red de redes discursivas que, a través de sus grandes “narrativas”, lo controla hoy igual que un producto prediseñado. Entre estas últimas actitudes, José Argüelles, por caso, conocedor (y propagador) de los más altos misterios del pueblo maya, asegura que detrás los acontecimientos que nos llenan de pavor y de abrumada incertidumbre, un orden que desconocemos ha comenzado a instaurarse. Según su versión del complejísimo mensaje, la raíz del “engaño” universal que ha llevado a la humanidad a la desdicha y la ruina moral y material que actualmente padece es la tergiversación, la depravación deliberada que se ha ejercido sobre el tiempo y la medición del mismo. Sin avanzar en esa problemática, que excede definitivamente este comentario, sí puede, quizás, esbozarse algunos elementos en relación causal. Así, en razón de haber aceptado una caprichosa división división pseudo astronómica del tiempo (la juliano-gregoriana, para Occidente), heliocéntrica y obediente a todo un sistema políco-religioso que benefició formas y praxis patriarcales dominantes, el género humano ha perdido su libertad creativa originaria (el tiempo maya es esencialmente creatividad), sometiéndose a falsos discursos que sacralizaron las ideas tramposas del sacrificio, el trabajo, la sujeción al dinero, la competencia por encima de la cooperación, la necesidad de mediación sacerdotal, el supuesto control de los medios naturales y su aniquilación redituable, la enfermedad y el envejecimiento inducidos, etc. Lo que me interesa rescatar de este extraordinario proyecto de reprogramación mental y física, es el lugar que concede a lo femenino. No se trata de su estatuto social o su reexamen antropológico de la noción de género. Es la apología de su presencia a priori en el mundo natural y cultural (aun cuando esta última diferenciación no es del todo afín a este modelo mental). El Tzolkin, uno de los tres calendarios del pueblo maya que Argüelles contribuyó a descifrar, restablecería el orden galáctico fundando su medición del tiempo planetario en una sistematización lunar del mismo, en conjunción con el sol y el planeta Venus. El orden resultante (conocido como de “las trece lunas”) reubica las energías femeninas en tanto generadoras y reguladoras de todos los procesos físicos y psíquicos hasta ahora confinados en el exclusivo dominio solar. Esta versión contestataria tiene, curiosamente, un antecedente homólogo en la civilización europea de los siglos XII y XIII, cuando corrientes de pensamiento y de sensibilidad no “ortodoxas” irrigaron el cosmos masculinizado y estático de la alta Edad Media. Fue en el contexto de las Cruzadas a Oriente, la eclosión de la fe y las prácticas de comunidades como las de los cátaros y los albigenses en Occitania, y la ya incontenible influencia musulmana, que resurgió paulatinamente el antiguo “culto a la Diosa”, bifurcado en el ámbito del cristianismo en la exaltación oficial de la Virgen María y la veneración clandestina de Magdalena, la Hagia Sophia de los gnósticos.
Volviendo a Kali y la Gran Serpiente, cabe preguntarse entonces cómo conciliar semejante declaración de principios en el mundo actual con la desquiciante sombra femenina que parece proyectar el caos, entendido en general. A diferencia de lo que ocurre con el mito de matriz grecolatina, reluctante al inconcebible vacío y la discontinuidad, Kali, patrona de la mecánica cuántica, no sufre de vértigo, y, según lo apunta Calvera, “es el vacío”. En su libro Jung y el tarot. Un viaje arquetípico, Sallie Nichols examina detenidamente los pormenores mítico-religiosos, sociales, políticos y, sobre todo, psicológicos, de los veintidós arcanos mayores. Entre las figuras arquetipiales que podrían iluminar estas disquisiciones, hallo especialmente ricas las de la Papisa (Arcano II), la Emperatriz (Arcano III), la Rueda de la Fortuna (Arcano X), el Diablo (Arcano XV), y el Mundo (Arcano XXI). Cada uno podría ayudarnos a volver más inteligible la red de energías simbólicas que teje nuestro kali yuga del acuariano siglo XXI. Sin embargo, destacaré sólo el de la Emperatriz, la Isis-sin-velo en el mazo egipcio original. Ella es la Gran Madre nutriente universal (en contraste con la Papisa o Isis-con-velo, en la que mora la Virgen y el misterio no revelado), Madre Tierra, Madre Naturaleza, impulsora de la creación. Escribe Nichols:
“… Todos conocemos los períodos oscuros de amplia gestación que siguen a ello cuando nos encontramos sumergidos en el mundo lunar y acuático de la Papisa. Después, con suerte, amanece un día nuevo, un momento dorado en el que estas ideas que hemos tenido en la oscuridad empiezan a tomar cuerpo en la realidad… Una de las funciones principales de la Emperatriz es conectar las energías primarias del yin y el yang y darles cuerpo en el mundo de la experiencia de los sentidos.” (págs. 134-135)

Pero como de algún modo ya fue sugerido, los arquetipos reaccionan en términos mentales como “tendencias-hacia”, y viven según el principio de enantiodromía, es decir, la inclinación a transformarse en su contrario. De ahí que, al encarar la “sombra” junguiana de este arcano, Nichols descubra un subsuelo instintual recesivo donde están en vigilia la Madre Devoradora (de su varón, de sus hijos), la dominación egocéntrica, la lascivia, el estancamiento. Su tendencia básica es recobrar la posesión de la vida natural y la civilización: nada menos que todo. Así, uno de los tipos numínicos que la autora le asocia es justamente Kali, que encarna en sí el “agujero negro” nombrado en griego con el término kháos. En correspondencia con este útil retrato, Calvera afirma que “… la Gran Madre, señora de las aguas y el aire, la deidad de la tierra y la luna, baja al inframundo. El aspecto paradigmático de esta etapa lo configura la Kali hindú…”, merced a quien “la Serpiente quedó unida a lo negativo, la muerte, el lado oscuro” (pág. 60). En busca de “la unicidad serpentina”, rectora de todo su libro, la ensayista apela, igual que Dante, al Conocimiento de los gnósticos para aventurarse en “el descenso al inframundo”, como subtitula esa sección del capítulo “Regeneración y vía iniciática” (págs. 55 a 67). Obviamente, “inframundo” no es, en un registro psicológico, sino una metáfora ancestral del inconsciente colectivo. Todos (Cada Uno) somos también Kali, porque somos un anillo digno de la Serpiente: “Aquí y ahora – enfatiza Leonor Calvera en un momento de inspirada belleza-, el hombre en el universo se encuentra en un equilibrio precario que, a cada instante, transforma en orden/información. Sin embargo, por detrás se sigue escuchando el silbido de la Madre-Sierpe, el llamado de la energía primordial indiferenciada de la que estamos hechos: viento en el viento que gira, agua que forma remolino. Cuerpo eterno de la Serpiente cuyas manifestaciones finitas el hombre no ha terminado de escrutar” (pág. 32). A lo humano está deparado el caos tortuoso y dolorido donde la naturaleza concilia sus polaridades, en un bucle que no se permite repetirse jamás. Epifanía de la espiral que la simbólica geométrica atribuye a la expansión ascendente conjunta del principio masculino (el vectorial rectilíneo) y el femenino (la curva trazada por aquél). De nuevo, Jung, como la autora, nos alienta a creer en ése, nuestro propio caos, que es también el otro:

“El camino que conduce a la meta – sostiene- es al principio caótico e infinito, y sólo de una forma muy gradual se van acrecentando las señales de dirección hacia una meta. El camino no es recto, sino, en apariencia, cíclico. Un conocimiento más exacto de él nos lo ha mostrado en forma de espiral: después de ciertos intervalos, los motivos oníricos vuelven una y otra vez a formas determinadas que, según su clase, definen un centro.”

La clave radica, quizás, en no contemplar ese turbulento “agujero negro” como un vórtice al que nos arroja el karma colectivo y personal, el ojo del embudo cósmico donde todo se vuelve irreversible y azaroso, del que no “saldremos” idénticos a quienes éramos porque una parte nuestra se ha disipado desafiando la segunda ley de la termodinámica. Antes, probar el desgarro que nos reunificará, resolviendo, de algún modo misterioso, siempre desconocido, la discordia que aleja los opuestos dáimones de nuestro cielo interior. La misma danza universal que mueve las hélices de nuestro genoma y activa el Kundalini a través de nuestros propios vórtices hasta alcanzar la (femenina) visión interdimensional, es “esa energía, Serpiente primordial, [que] en el hecho mismo de la vida lleva implícito su contrario… es mera potencia que excluye la muerte, aun cuando no es vida propiamente dicha. Mas, en el instante que abandona el estado de manifestación y se torna vida, incluye su propia destrucción, destrucción que le permite seguir siendo -creando- vida” (pág. 154).
El individuo en proceso alquímico de autorrealización, el “sujeto en crisis” del precipicio metafísico posmoderno, constituye, en el fondo, la tierna materia de un ser andrógino, a sus anchas en el seno de la comunidad acuariana. Su dionisíaca imagen liberadora surge en el último arcano del tarot (El Mundo), entregada libremente al ritmo de la Cración adentro del “Huevo cósmico”. Es el “viejo mundo nuevo” al que alude Calvera en el apocalíptico (o sea, optimista y gozoso) capítulo final de su Historia…. En las antípodas del oleaje del tiempo, nuestros hermanos galácticos se hundieron con su Atlántida. El arduo camino iniciático del discípulo ha sido recorrido. La reconciliación con su oscuro enemigo interno lo ha devuelto a “casa”, al Dios del que partió como emanación entregada a la aventura de los ciclos, la suprema fuente del Caos, cuya esencia es ser todos los opuestos que el hombre debe genéricamente experimentar. Pero para eso le hará falta un don que cualquier dios codicia: un cuerpo, ese sueño de carne imantada que vibra al unísono con el erótico silbido de la Serpiente; esa frágil, efímera y, sin embargo, imprescindible morada de los sentidos que hace posible que Kali –la venerada, la abominable- cumpla con su labor en la tierra.